Ésta parece ser la historia de las adicciones; se sabe cómo empiezan y se desconoce el final, que en la inmensa mayoría de los casos, conlleva la pérdida dolorosa de relaciones, patrimonios, proyectos de vida, la dignidad personal, la vergüenza, la paz interior y por ende, hasta la propia salud. Es por demás contradictorio como lo que empieza por una búsqueda de bienestar, se transforma en dolor pero «se tiene que seguir haciendo para cuando menos no seguir sintiéndose tan mal».
Mtro. José María López Landiribar (Director de la escuela de Psicología de la Universidad Anahuac da la ciudad de México)
Lo siente cualquiera. Lo sufre el que lo evita, el que lo busca, el que lo aparta. Se sufre en todo momento y a toda hora sin importar la fecha. No importa cómo ni cuándo, ni donde, ni en qué tiempo; el sufrimiento lo padecemos todos… hasta el que siempre ha sido feliz, alguna vez lo ha sentido por dentro.
Se tiene, se siente y se aprende. El sufrimiento, parece ocupar todos nuestros espacios, nos invade, nos limita, nos ahoga.
La necesidad de sufrir se hace evidente al comprobar que el sufrido requiere una buena dosis de sufrimiento para sobrevivir a su propia persona. El dolor parece ser entonces el motor que impulsa la vida del adicto al sufrimiento. La razón de que el hombre sufra su dolor es compleja, mientras pensamos que éste es duro indescriptible e imposible de asimilar, notamos perplejos que es aguantable por parte de quien lo padece y al contrario de lo que pudiera pensarse, en otras ocasiones vemos cómo la sensación del dolor absurdo produce una tremenda herida insuperable. ¿Por qué es esto? ¿Qué ocasiona el sufrimiento a su paso? ¿Cuál es la clave para aguantar un dolor supremo? ¿Qué es eso que diferencia a las personas para superar o no su sufrimiento? ¿Se puede gozar el dolor? ¿Existe una industria de las emociones?